Encontrar la tribu

Algo que distingue las artes escénicas de las otras artes es que en las primeras siempre se trabaja en equipo. Hay unos horarios de ensayo fijos, después uno acude y se encuentra con un grupo de gente que viene a jugar, a trabajar y a crear. Las energías se transmiten de los unos a los otros y esto hace que jamás se encuentren con las resistencias con las que podría encontrar alguien que escribe, por ejemplo. La creatividad en grupo es contagiosa y mucho más llevadera.

Pero sea cual sea nuestra pasión, debemos encontrar a ese grupo que nos va a hacer crecer, que nos va a empujar a trabajar más y nos va a ayudar a cumplir nuestro compromiso con la creatividad. Debemos encontrar la tribu, cómo dice Ken Robinson:

"Los miembros de una tribu pueden ser colaboradores o competidores. Pueden compartir los mismos puntos de vista o tenerlos completamente diferentes. Lo que conecta a una tribu es un compromiso común con aquello para lo que sienten que han nacido. Esto puede ser extraordinariamente liberador, sobretodo si uno se ha dedicado a su pasión en solitario."


Para quienes escribimos, los blogs son una buena manera de estar con la tribu. Cómo afirma Mercedes en su comentario, escribir en un blog ayuda a alcanzar el ritmo. Además de esto, nuestro trabajo ha dejado de ser solitario y nos apoyamos y aupamos los unos a los otros, con una amabilidad y delicadeza que no hubiera esperado nunca encontrar.


Por suerte, en los tiempos que corren, tenemos al alcance de nuestra mano la tribu de cualquier pasión que se nos ocurra, por extraña que resulte, con sólo entrar en Internet. Blogs, foros de discusión, webs colaborativas, talleres... Todo esto está aquí mismo, para que nos unamos a la tribu, para que aprendamos de los otros y para compartir lo que podemos aportar. 


El ritmo

Habrá a quien le haya salido un sarpullido al leer que hay que establecer unos horarios: tenemos horarios para todo, para el trabajo, para la comida, para visitar a los suegros... ya sólo faltaba tener que ponerlos para las cosas con las que pretendemos disfrutar.

Lo siento, pero así es. Más que un horario, hace falta un compromiso con aquello que vamos a iniciar, sin este compromiso el trabajo será aplazado una y otra vez, por distintos motivos. Por otro lado, si no dejamos bien delimitado el espacio de tiempo que vamos a necesitar para nosotros mismos, la vida, las obligaciones y nuestros seres querido acabarán devorando todos nuestros minutos con requerimientos urgentes o del tipo "hazlo por mí, sólo hoy". Un horario nos pone a salvo de estos requerimientos, una vez asumidos éstos por todos los que conforman nuestra vida.

Tener un horario también ayuda a no cuestionarse si nos vamos a poner (a escibir, dibujar, hacer creaciones fotográficas, etc.), del mismo modo que no nos cuestionamos cada día si vamos a acudir a nuestro puesto de trabajo. Es lo que toca hacer y se hace, no hay discusión.

Tener un horario, un ritmo (como bien lo llama Rosana en su comentario) y un compromiso también ayuda a mantenerse en forma. No es lo mismo hacer algo esporádicamente que hacerlo con frecuencia. He pasado largas temporadas escribiendo un cuento cada día y he podido comprobar que, tras los primeros cinco o seis días (en que los cuentos siempre salen mustios y sin pies ni cabeza), mi mente adquiría un estado mucho más fluído y sacar un cuento de cualquier cosa era cuestión de muy pocos minutos. Después, al dejar esta práctica, volvía al estado anterior y para alcanzar la fluidez tenía que pasar otra vez por los días de entrenamiento.

A la mayoría de las personas nos viene bien tener horarios, estamos educados en y para los horarios, sabemos responder bien a ellos. A lo que no sabemos responder demasiado bien es al libre albedrío.

Por suerte, hay muchas maneras de hacerlo:


Yo me mido en cuentos por semana. A las 23.59h del domingo tienen que estar escritos. Si los escribo todos el lunes, tengo toda la semana para hacer el zángano. Si no he escrito nada, el domingo hay que apretar y cumplir el compromiso, dejando de lado cualquier otra actividad, porque esto es prioritario. Y resulta que, cómo me gusta tanto hacer el vago, los suelo terminar de escribir el lunes o el martes. Pero que conste que hago esto porque soy un desastre, si no lo fuera, mantendría horarios fijos, que es lo que más conviene.

Así, pues, lo mejor es marcarse un ritmo, a medida de cada cual, con las circunstancias de cada cual. Marcarse un ritmo y, una vez implantado, procurar por todos los medios no volver a perderlo.


*para escritores, los demás que apliquen a la unidad de medida de su arte

No tengo tiempo

Esta es otra de las grandes (y malas) excusas para no hacer algo creativo. Salvo momentos puntuales en los que todo lo que supone nuestra vida parece volverse del revés (momentos que no suelen durar más de unas semanas), es muy, pero que muy mala excusa.

Seamos sinceros: en cuestión de tiempo, no hay diferencias entre las personas, no hay ricos ni pobres. Todos disponemos de 24 horas al día, horas con las que no podemos comerciar, porque nadie puede vender sus 24 horas ni nadie puede comprar más horas si así lo necesitara. Son 24 horas por cabeza, no negociables.

Lo que ocurre es que es muy diferente la manera en la que empleamos estas horas cada uno de nosotros. Priorizamos su uso de forma diferente. Esto es siempre una elección personal, libre y nada cuestionable más que por uno mismo. Pero si pretendemos hacer algo creativo, si de verdad queremos hacerlo, habrá que hacerle un hueco en nuestro tiempo, dentro de nuestras prioridades.

De todos modos, tampoco hace falta tanto tiempo. Nos imaginamos muchas veces que hace falta todo un año sabático para emprender nuestra obra, que necesitamos vernos libres de nuestras obligaciones (olvidando que las obligaciones no son el impedimento real, sino la excusa que nos ponemos para no acercarnos a la silla).
Yo no me imagino escribiendo ocho horas al día. No me imagino escribiendo siquiera cuatro horas. No, es demasiado. Me refiero a escribir como acción de teclear, para la parte de idear sirve cualquier momento: mientras te lavas los dientes, mientras cocinas, mientras vas en autobús o conduces tu coche, mientras pasas la aspiradora… 

Realmente, con media hora al día tecleando se avanza muchísimo. Sólo media hora. Esto puede ser una página al día. Al cabo de un año son 365 páginas, cantidad nada desdeñable. Así que se trata de poner esa media hora al día entre nuestras prioridades. O dos horas a la semana, los sábados y los domingos. O veinte minutos los martes y los jueves. Algo, por poco que sea, pero si de verdad queremos, tenemos que arañar un poco de tiempo para hacer aquello que se supone que deseamos hacer.

El hemisferio izquierdo

El hemisferio izquierdo es serio, responsable y formal. Sabe cómo deben hacerse las cosas y tiene un procedimiento para cada una de ellas (y no hay quien le saque de ahí). Le incomodan las novedades y las locuras. Se niega a cambiar su forma de hacer bien conocida y comprobada. Recuerda perfectamente todas aquellas cosas que nos dijeron de pequeños sobre lo que está bien y lo que está mal. También recuerda todas las críticas recibidas y hará lo posible por no tener que escuchar ni una crítica más, por lo que preferirá no arriesgar nunca.

Puede parecer ahora que el hemisferio izquierdo es el malo de la película, el enemigo que nos impide avanzar. Nada más lejos de la realidad, pobrecito, de hecho nos es muy necesario a todas horas (salvo para jugar a cosas nuevas).

En el proceso creativo también es necesaria su participación. Si nos dedicáramos sólo a jugar, lo pasaríamos estupendamente, pero no saldría nada de provecho de ese juego loco. Por eso, una vez generadas las ideas nuevas, hay que ponerse serios:

  • hay que ordenar y organizar todo lo producido
  • descartar lo que no sirve, cortar, añadir, hacerlo coherente e inteligible
  • hay que ponerse horarios de trabajo y cumplirlos
  • hace falta disciplina y sentido crítico

Sin ello, las ideas se quedan en sólo eso, ideas que se lleva el aire. Este es el gran papel que tiene el hemisferio izquierdo en el proceso creativo, un papel nada secundario, al contrario, tan esencial como el del hemisferio derecho.


Lo más difícil

A lo largo de los años he trabajado la creatividad con muchísimas personas, no sabría decir cuántas. Niños y adultos, personas divertidas y personas aburridísimas, gente demasiado loca y gente demasiado cuerda, en chándal y en traje con corbata… en fin, de todo tipo.
Muchos de ellos decían no ser creativos, pero al cabo de diez o quince minutos de trabajo habían cambiado de opinión. Un gran número de esas personas se mostraban encantadas con las nuevas aptitudes que habían descubierto tener. Pero muy, muy pocas continuaron haciendo algo creativo una vez acabado el taller.

¿Por qué la gente no sigue haciendo cosas creativas una vez descubierto su propio potencial? Si lo difícil no es crear, ¿qué es?

Lo más difícil de todo es sentarse en la silla. Acercarse a la mesa de trabajo y sentarse en la silla. Este gesto tan simple es la cosa más complicada de todo lo que supone un proceso creativo. Una vez sentados en la mesa de trabajo, ya todo va a ir mejor, incluso el día menos inspirado algo vamos a avanzar, por poco que sea. Sólo hay que llegar a posar el trasero en el asiento, pero es algo taaaan complicado, que podría parecer que la esencia misma de la creatividad está en ese contacto del trasero y la silla.
Lo sorprendente es que este mismo gesto de dejar el trasero en el asiento no cuesta nada si lo que vamos a hacer es navegar por Internet o mirar la televisión. Por lo tanto no es un problema que tengamos en el trasero, ni hay unas fuerzas invisibles que nos mantengan alejados del asiento.


Dorothea Brande en “Becoming a Writer” (libro inexistente en castellano y del que sólo he podido leer fragmentos sueltos en inglés, por aquí y por allá) lo dice bien claro: la diferencia entre alguien que es escritor y alguien que no lo es está en el carácter (esto se puede aplicar a cualquier campo creativo y también al deporte). Ese carácter que obliga a poner el trasero en contacto con la silla a una hora determinada cada día, ese carácter que hace desconectar el notificador de correo o quita la conexión a Internet y silencia el teléfono durante las horas de trabajo. El que nos impide realizar llamadas a amigos y amigas (¡o incluso al banco!) como excusa para no trabajar.
Si no se ha hecho hasta ahora, es importante formar ese carácter. Poco a poco, día a día, hay que entrenar ese carácter de creador, porque crear no es sólo ponerse a idear, sino también sentarse a trabajar, mal que le pese al hemisferio derecho.


Esto es lo más difícil, pero por suerte es también lo más efectivo. Una vez posado el trasero en la silla con la firme intención de trabajar y no dejarse distraer, estaremos un paso más cerca de la inspiración (y si ésta no llega, siempre podemos recurrir a los cientos de juegos y ejercicios que hay para cada ámbito creativo).

El hemisferio derecho

La mejor manera de tratar al hemisferio derecho es como trataríamos a un niño de cinco años. Es caprichoso, juguetón, no acata órdenes, tiene sus pataletas y, desde luego, ni sabe ni quiere saber de disciplina. Con este panorama, más vale llenarse de paciencia… y de amor.

A nuestro lado creativo no le gustan las rutinas. No le gusta estar haciendo siempre la misma cosa, de la misma manera, por eso, en cuanto nos ponemos en este plan, él se retira y deja hacer “a los mayores”. Pero si le guiñamos un ojo, si ve que estamos dispuestos a jugar a cosas nuevas, acudirá entusiasmado sin ningún tipo de rencor por todos los años que lo hemos tenido abandonado.

Eso sí, hay que hacerlo sin reservas. Cuando invitamos a jugar a nuestro lado creativo, hay que dejar de lado los pudores y todo aquello de “¿y si no lo hago bien? ¿y si me equivoco? ¿y si hago el ridículo?”. Nuestro hemisferio izquierdo (encargado de mantener el orden) hará lo posible para que nos reprimamos y no es tan fácil librarse de toooooodo eso que tenemos en la cabeza, todas las ideas que tenemos sobre cómo deberíamos comportarnos, cómo debería hacerse este u otro trabajo, etc. (ya iré hablando con el tiempo de todo este “etc.”).
Lo importante, entonces, es que nuestro lado creativo pueda jugar sin vigilancia ni censores. Complicado, lo sé. Los censores están bien entrenados. Pero hay trucos.

Al igual que el lado creativo se retira cuando las cosas se ponen serias, el lado ordenado se retira (¿exasperado?) en las situaciones que no puede controlar ni comprender. Por esto es posible “echarle” por un tiempo.
Hay muchísimos ejercicios para todas las disciplinas artísticas que se dedican a esto, a ahuyentar nuestro lado racional e invocar el juego. En las artes escénicas suelen ser ejercicios en los que se hace mucho el ridículo ante los demás, pero ¿y cuándo se trata de un trabajo solitario, como la escritura o el dibujo? Bien, también hay modos:
  • Lucia Capacchione en “El poder de tu otra mano” habla de escribir o dibujar con la mano izquierda (la derecha, si se es zurdo).
  • Betty Edwards, en “Aprender a dibujar con el lado derecho del cerebro” (gran libro, fue con el que yo aprendí, siendo negada) sugiere hacer un dibujo con el modelo cabeza abajo, o dibujar la propia mano sin levantar el lápiz del papel, ni mirar el dibujo hasta haber acabado.


Seguro que hay muchos otros sistemas, la cuestión es hacer un trabajo que el hemisferio izquierdo no sepa realizar, para el que no tenga rutinas ni procedimientos. Se quedará desconcertado por no saber cómo afrontar esta tarea, mientras que el hemisferio derecho se entusiasmará ante la idea de un juego nuevo y desconocido, una verdadera aventura. Entonces entrará a jugar y tomará el mando.

Por cierto, haced la prueba (ahora, no mañana), escribid vuestro nombre con la otra mano (izquierda si sois diestros, derecha si sois zurdos). Luego decidme si esa letra os resulta familiar.

Hemisferios y habilidades

Para utilizar una herramienta, hay que conocerla, aunque sea un poco, así que voy a hacer un pequeño resumen sobre cómo funciona la cosa, sin grandes pretensiones.

A nivel científico, se sabe bien poco sobre nuestro cerebro todavía hoy. Sobre la creatividad, menos todavía. En las últimas décadas se está trabajando en base a la teoría de que cada uno de los dos hemisferios cerebrales tiene funciones y procedimientos diferentes, siendo el hemisferio derecho el encargado de la creatividad y la percepción visoespacial, mientras que el izquierdo de la organización, las operaciones lógicas y el lenguaje. Cabe decir que ahora están saliendo voces que desmienten esa idea de una ubicación concreta de las funciones en hemisferios distintos. Si me preguntáis cual es la verdad, os diré que ni idea, la ciencia se desdice tantas veces, que cualquiera se atreve a afirmar algo rotundo. En todo caso, lo que sí es cierto es que crear y organizar son dos procesos diferentes, que requieren habilidades diferentes y que se deben tratar en momentos diferentes.

Yo hablaré aquí de los dos hemisferios aún a riesgo de sonar obsoleta dentro de unos años, ya que el tener una localización concreta hace más fácil entender todo ese misterio que ocurre a diario en nuestras cabecitas.

Es evidente que todos tenemos dos hemisferios y que todos tenemos las dos capacidades. ¿Entonces por qué hay personas tan creativas y otras que no lo son?

Por un lado, cada quien tiene sus preferencias y gustos: hay quien realmente disfruta del orden y la lógica, de encontrar un sentido a todo, de un trabajo bien pautado con unos resultados previsibles. Hay quien, en cambio, prefiere lo lúdico, lo desordenado y lo espontaneo. Pero estas preferencias no significan que carezcamos de las otras capacidades, al contrario, si las desarrollamos podemos utilizarlas para dar más valor a aquello que hacemos.

Por otro lado, nos encontramos inmersos en una sociedad que tiene unas expectativas sobre nosotros y que favorece determinadas habilidades mediante la educación formal que recibimos. Esta educación está claramente inclinada a desarrollar las habilidades del hemisferio izquierdo. La estructura de las clases, los horarios, los sistemas de evaluación, el considerar unas asignaturas más importantes que las otras… todo hace que aprendamos que la músicas, la pintura, la danza o el teatro son cosas secundarias, mientras que lo importante son las matemáticas (de la mano con la física y la química) y la lengua (siempre desde el punto de vista analítico y casi nunca el creativo). Está lo correcto y lo incorrecto, algo que nuestro hemisferio izquierdo entiende perfectamente y que acata.

También los padres tienen sus expectativas sobre nosotros y rara vez se verá alguno que anime a sus hijos a esforzarse en desarrollar su máximo potencial en la asignatura de música.


Todo esto hace que poco a poco nos olvidemos de nuestro hemisferio derecho, es decir, de las habilidades creativas. Al no ser utilizadas con regularidad y menos todavía entrenadas y desarrolladas, nos resultará mucho más difícil afrontar las tareas que las requieran y llegaremos a la conclusión equivocada de que no somos creativos.

Por suerte, nunca es tarde, nuestro cerebro no es como una piedra, sino como plastilina. Tiene la buena y saludable costumbre de, a cada pequeño estímulo que le demos, crear nuevas conexiones neuronales que nos abren nuevos caminos. Y cuantas más conexiones le invitemos a crear, más fácil será abordar la siguiente. Por lo tanto, ahora sólo se trata de entrenarnos en estos procedimientos para llegar a utilizarlos con la misma naturalidad con la que utilizamos nuestras otras habilidades.


En el próximo artículo hablaré del querido y juguetón hemisferio derecho (o las habilidades y procesos que se le atribuyen).

Aplazar


Desde tan lejos como mi memoria puede alcanzar, mi padre ha tenido en mente una gran novela. Le gustaba escribir, aunque no lo hacía, pero tenía en su mente esa gran novela que un día escribiría.
“Ahora no puedo” –decía. El trabajo, las muchas preocupaciones, las hijas…

Cuando dejó el trabajo, vinieron más preocupaciones y, aunque pasaba muchísimas horas tumbado, en sus ensoñaciones (horas que podía haber empleado mejor escribiendo o haciendo un esquema de la novela), todavía no era el momento. Empezó a decir entonces que escribiría su gran novela cuando pasara de los 60 años, como Cervantes.

Hoy en día ha sobrepasado incluso los 70, tiene tanto tiempo que hasta sufre por no saber qué hacer con él y ni rastro de esa gran novela que había en su cabeza. Ya ni la menciona. Nunca la escribirá, lo sabemos todos.

Claro que nunca es tarde, claro que todavía tiene las capacidades necesarias para hacerlo, pero a lo largo de los años, al aplazar una y otra vez, al no dar el paso, se ha instalado en un “no hacerlo” que cada vez ha adquirido mayor proporción. Se necesitaría ahora una cantidad de voluntad descomunal para romper el hábito adquirido durante toda una vida, el de no hacer nada con su novela.


Cada día que pasa sin que hagamos aquello que nos apetecería hacer es como un ladrillo que añadimos a lo que, algún día, será un muro infranqueable. Lo mejor es no aplazar más. Nunca es mejor momento que ahora, hoy. No importa que no sepamos cómo, lo realmente importante es no permitir que hoy se añada un ladrillo más a ese maldito muro. Nadie dispone del espacio y el tiempo perfecto para crear y la vida nos proporcionará siempre una buena razón para aplazarlo una y otra vez, hasta que, ya viejos,  nos hayamos rendido.