Un zork

¿Os apetece jugar un poco? A mí sí, mucho. Os he preparado un juego.

Partiendo de uno de los ejercicios del "Gran libro de los juegos de creatividad", he metido unas modificaciones para que lo podamos hacer desde aquí. Estás son las premisas:

Se trata de hablar de un "zork".
Quienes os apuntéis al juego tenéis que elaborar una de las siguientes propuestas:

  1. escribir un cuento en el que el zork y su utilidad tengan una importancia relevante
  2. elaborar un manual de uso del zork, paso a paso
  3. crear un cartel pubilicitario para que todo el mundo tenga ganas de comprarse un zork (de éste se debe extraer su utilidad)
  4. crear un catálogo de accesorios para zorks explicando las ventajas de cada uno de ellos

Aquí tenéis el zork con el que vamos a trabajar:


Una vez elaborada la propuesta (quien quiera hacerlas todas, que las haga), enviádmelas por correo para que nadie se vea influenciado/a por ideas ajenas. Los trabajos recibidos serán publicados a la vez. Si queréis firmarlos con vuestro nombre y blog, o de forma anónima, o cómo queráis, sólo indicádmelo en el e-mail.

El plazo para enviarme los zorks sería... el 14 de abril.


¿Quién se apunta?

Semana sin medios

Si os pareció terrorífico levantaros por las mañanas para escribir tres paginitas de nada, aquí traigo otra propuesta aún más cruel, sacada del mismo libro: una semana sin medios de comunicación. Ni televisión, ni radio, ni periódicos, ni internet (y aquí se incluye el correo electrónico y las redes sociales)… yo diría que ni siquiera libros. Nada que aporte información externa a nuestras cabecitas. Una semana de ayuno total.

Si bien es cierto que las ideas se alimentan de ideas, que la inspiración puede surgir de cualquier cosa que veamos o escuchemos a nuestro alrededor, el caso es que en estos tiempos las informaciones se nos están comiendo. Hay tanta avalancha de novedades (cada cual más impactante) reclamando nuestra atención, que no tenemos tiempo de digerirlas siquiera. Nos convertimos en meros recipientes donde se vuelca la información. Esbozamos una mínima opinión sobre tal o cual asunto, pero sin profundizar demasiado, porque ya se está formando cola en la entrada y hay que dejar pasar a las nuevas. Con tanto trabajo, muchas veces nos acoplamos a la opinión prefabricada más acorde al grueso de nuestros ideales y seguimos andando sin matizar, sin ver las dos caras de cada asunto y sin encontrar nuestra verdadera postura (que si fuera la verdadera sería cambiante y contradictoria muchas veces).

Se necesita un poco de silencio. Se necesita parar la avalancha de informaciones y sentimientos, para poder escucharse también a uno mismo. Para crear de verdad algo auténtico, hay que matizar.

Lo sé, lo sé, que si yo no puedo por mi trabajo, que si… tantas excusas. Pero ¿se anima alguien a probar? Los primeros días son de puro síndrome de abstinencia, pero llega un momento en que, tras no recibir estímulo externo, no queda otro remedio que alimentar los pensamientos de las ideas propias. Y es de lo más interesante y saludable escucharse, pensarse y encontrarse.


Una práctica saludable

Hay técnicas muy efectivas a corto plazo, cómo las palabras aleatorias, y hay otras que lo son a largo plazo. El efecto de éstas últimas es duradero, va más allá de una sola creación, nos dejan en un estado más abierto y con las antenas mejor dispuestas a captar lo que haya alrededor.

En “El camino del artista”, Julia Cameron propone un recorrido de doce semanas para desbloquear o descubrir nuestra creatividad (hay otra versión titulada “El camino del artista en acción”, muy parecida, no aporta grandes novedades sobre la primera, lo único que les hace diferentes es el tono de cada uno de los libros y eso va por gustos). Son propuestas para trabajar semana a semana, aptas para todos los campos creativos con la finalidad de provocar esa apertura que se necesita para crear. Se pueden realizar todas o saltarse alguna de tanto en tanto, aunque hay dos de ellas imprescindibles que se deben realizar a lo largo de las doce semanas.

Hoy quiero hablaros de una de esas dos propuestas imprescindibles: las páginas de la mañana. Se trata de escribir cada mañana, nada más levantarse, tres folios por una sola cara, a mano, durante las doce semanas. Estos tres folios pueden ser escritos sobre cualquier tema que nos venga a la cabeza a esas horas, desde lo que hemos soñado, hasta la lista de la compra que tenemos pendiente, o nuestros deseos más profundos. Cualquier cosa vale con tal de que escribamos sin detenernos a pensar, dejando salir lo que haya en nuestras cabecitas a esas horas. No se trata de contar lo que hicimos el día anterior, pero sí se puede escribir lo que vamos a hacer ese mismo día. Una vez escritas, se guardan sin leer (no se deben leer bajo ningún concepto antes de un mes) y a otra cosa.

Según Julia Cameron, esta práctica sirve tanto para contactar con nuestro yo más verdadero (en caso de expresar sentimientos) como para liberarnos de tareas pendientes que no nos permiten fluir (en caso de escribir listas de la compra y similares). Dice también la autora que a quienes menos les funciona es a los escritores, ya que suelen intentar escribirlas bien. Y no es éste el objetivo de la práctica, en estas páginas se puede escribir  mal, no importa, nadie las leerá. No importa si es interesante lo que ahí escribimos, solo importa escribirlas.

Cuando leí el libro, tenía serias dudas sobre esto de escribir por las mañanas nada más levantarme. Ni tenía ganas, ni le veía yo gran utilidad. Pero como pruebo todas las cosas sobre creatividad que caen en mis manos, decidí intentarlo. Me dije que bueno, sólo eran doce semanas. Y ya nunca dejé de escribirlas, en vista de los beneficios.


Ahora llevo cinco años escribiendo las tres hojas cada mañana y en estos años muy pocos días me he saltado este hábito. Puedo decir que funciona a muchos más niveles de los que describe la autora. Con el tiempo incluso se consigue un control sobre ellas de modo que puede una ponerse a escribirlas con la intención de resolver determinadas dudas o conflictos, ya sea del trabajo creativo, ya sea de la vida diaria, en las que una se encuentre atascada. Hay días en que, cuando voy por la mitad me doy cuenta que ya ha nacido un nuevo cuento, hay días en que los pequeños e insignificantes problemas desaparecen una vez escritos, hay días en que comprendo a quienes me hayan hecho daño y así mil beneficios más. Hay días en que pienso “Si se le ocurre a alguien leer mis cuadernos alguna vez, en este punto se rendirá, de puro aburrimiento”, tan enfrascada estoy en resolver temas técnicos de vete tú a saber qué cosa. Hay días en que llego a conclusiones muy profundas sobre cuestiones vitales.

En cuanto a escritura, el tener que traducir en palabras cada día las cosas que percibo es una práctica valiosísima. Ya no me tengo que preocupar por las palabras ni por encontrar mi voz, porque ésta ya sale de buena mañana y ahí se queda, conmigo, ya no me tengo que preocupar de las imposturas y las máscaras que todos usamos a diario y que tanto daño hacen al trabajo creativo. Porque ahí reside la esencia de escribir estas páginas antes de salir al mundo exterior, en encontrar la propia voz y la originalidad (por no hablar de la paz interior).


Os animo a que probéis. Sé que hay mil excusas para no hacerlo: que si ya madrugamos bastante como para tener que levantarse media hora antes, que si somos inconstantes, que si… Bien, entonces os propongo lo siguiente: empezad un fin de semana. Hacedlo durante tres días y, si en tres días no notáis ningún cambio, dejadlo. Pero vais a notar un cambio en vuestro interior y de pronto os encontraréis con esas curiosas coincidencias que se dan cuando se está conectado con lo que se debe estar. Sólo tres días para probar, hacedlo y si queréis me contáis después.

Las palabras aleatorias

Últimamente tengo la cabeza en nuevos proyectos, como este blog y un nuevo cuento infantil que quiere ser escrito con urgencia. Por este motivo los artículos para aMINUSCULA no acuden solos, hay que invocarlos. Bueno, sé que no hay obligación, pero no quisiera perder el ritmo, así que me empeño en seguir publicando cada domingo.
Entonces, me toca invocar a las ideas. Para este caso concreto suelo usar la técnica de las palabras aleatorias cuando la inspiración no acude.

Las palabras aleatorias son una técnica promovida por Edward de Bono que, en este libro nos ofrece 62 ejercicios diferentes para usarlas. Se trata de una técnica básica del pensamiento lateral.

La técnica de las palabras aleatorias parte de la idea de que, al partir siempre del mismo punto, solemos escoger caminos conocidos llegando siempre a los mismos resultados. En cambio, al partir de un punto lejano y que nunca hubiéramos relacionado, vamos a encontrar nuevos caminos por los que volver al punto de origen y descubriremos nuevas e inesperadas ideas.


¿Cómo funcionan? Hay muchas maneras de usarlas y es una técnica muy efectiva que sirve para generar ideas en cualquier campo, desde el arte hasta los negocios. Se emplea tanto para generar ideas nuevas partiendo de cero, como para ponernos de nuevo en marcha cuando nos encontramos atascados en un punto. Se pueden usar una o más palabras, dependiendo de lo que queramos generar y del punto desde el que partimos. 

Para mí, en el caso de aMINUSCULA, con una sola palabra basta, pues el tema está muy bien definido y sólo necesito conectar con una idea nueva.
En este caso, mi procedimiento es el siguiente: extraigo una palabra aleatoria y después busco las relaciones con el tema que me ocupa, es decir, las letras. Así, por ejemplo,el último texto publicado surgió de la palabra “peine”. Suelo extraer la palabra un rato antes de ponerme a escribir y dejo que surjan relaciones mientras hago otras cosas, como fregar los platos o peinar al gato, o cualquier otra actividad que deje mi mente libre. A veces extraigo la palabra el día anterior. De entre todas las relaciones que se me ocurren (hay que generar un mínimo de cinco ideas), elijo la que más juego me da y ya puedo trabajar en ella.


La regla de oro en las palabras aleatorias es no cambiar jamás la palabra por otra que nos parezca más adecuada. La primera que sale, se queda, por difícil que parezca encontrar una relación.


¿De dónde sacar las palabras aleatorias? Yo suelo sacarlas de la tabla que viene en el libro arriba mencionado, pero hay otro modo sencillo de obtenerlas: abrir un libro por una página al azar y, con los ojos cerrados, señalar un lugar de la página. Después se elige el nombre más cercano al lugar que hemos señalado a ciegas y listo, ya tenemos nuestra palabra aleatoria.

También existen otras variantes, en vez de buscar relaciones, se buscan similitudes o diferencias. Aquí otro ejemplo:


En uno de los talleres de creatividad, nos planteamos la situación ficticia de abrir un nuevo restaurante. Queríamos que fuera un restaurante diferente, para que pudiera sobrevivir en estos tiempos de crisis. Apuntamos en la pizarra la palabra “restaurante” y después sacamos una palabra aleatoria de la tabla del libro mencionado más arriba. Salió la palabra “enciclopedia”. A continuación nos dedicamos a encontrar similitudes entre un restaurante y una enciclopedia. Encontramos cinco o seis, pero las dos que más recuerdo fueron:

  • Podemos encontrar tanto restaurantes como enciclopedias de varios precios

  • Si lees toda la enciclopedia te “engorda” el cerebro, si vas mucho al restaurante, engordas.



De estas similitudes salieron las ideas originales:
  • Partiendo de la idea de los distintos precios, un buffet libre con dos precios, el normal y el mini, siendo más reducido el número de platos disponibles en el precio mini.

  • Partiendo de la idea de engordar, cómo queríamos que la gente viniera a comer mucho, ideamos un restaurante de manjares bajos en calorías.



Además de ésta técnica están las de más de una palabra, pero un simple artículo ya no da para más. Si os interesa el tema, hacédmelo saber en los comentarios o en la página de sugerencias y profundizaré un poco más en ello.


Divertirse

Tras todo lo dicho en éstos últimos días sobre la disciplina y la práctica, cualquiera pensaría que la creatividad es algo penoso y sufrido, en las cabezas resucitará la imagen del poeta atormentado y quién sabe qué otros mitos más.
Pero trabajo y diversión no están reñidos, en realidad deberían ir siempre de la mano, porque no hay manera humana de hacer un buen trabajo sin divertirse.


Cuando nos divertimos estamos al cien por cien dedicados a la tarea. Estamos concentrados, vivos, atentos. Estamos abiertos a otras posibilidades diferentes a lo que veníamos pensando antes de sentarnos a trabajar. El alma está abierta, las energías son inmensas. Ninguna otra actitud humana es capaz de aportar tanto a la creatividad como lo que aporta la diversión.


Aprendí esto en mis tiempos teatreros. He trabajado con distintos directores, pero los mejores resultados los obtuve con aquel que nos decía “¡divertiros!” antes de cada ensayo o bolo. No es casualidad que ese director haya sido también el más exigente de todos.

Desde entonces, si tengo que trabajar en equipo, sea en el ámbito que sea, de lo que más me ocupo es de que la gente del equipo se divierta, que disfrute de lo que está haciendo. Sé que ésta va a ser la manera más eficaz de obtener lo mejor de ellos, de que tengan ganas de volver al trabajo cada día, de que se dejen la piel y de que sus mentes no se emboten en la rutina.

Así pues, tras el primer lema “¡Practica, practica, practica!” hay que incorporar el segundo: “¡Diviértete, diviértete, diviértete!”.


Autoexigencias

A lo largo de mi vida he intentado aprender a dibujar cada X años. Nunca hice más de un intento, porque este único intento tenía un resultado tan patético que hasta un crío de seis años podía superarlo. Renunciaba una y otra vez, para volver a intentarlo al cabo de los años con idéntico resultado. Finalmente, un día me dije que me importaba un pimiento hacerlo mal y sólo entonces fue cuando hice un segundo intento, un tercero y un cuarto (pero seguía con los resultados patéticos, no hubo ningún milagro en ello).

Nuestras exigencias sobre el resultado de nuestro trabajo son irracionales. Pretendemos que, a la primera, nos salga una obra maestra, a la altura de los más grandes, sin tener en cuenta que los modelos a los que queremos alcanzar tuvieron que practicar mucho antes de llegar a ser genios. Nosotros pretendemos saltarnos todo el proceso de práctica y aprendizaje para ser, de buenas a primeras, lo mejor de lo mejor.

En este artículo que me han enviado recientemente (¡gracias!) se explica muy bien cómo va la cosa de la práctica y el talento. Personas que han empezado a la misma edad han evolucionado de forma diferente en función de las horas de práctica dedicadas. Se puede comprobar que ninguno de ellos ha llegado lejísimos con talento y poco trabajo, tan sólo los que han practicado intensamente  han conseguido ser muy buenos en su campo.

Así pues, si de exigirnos se trata, exijámonos horas de práctica, porque lo demás vendrá como consecuencia de ello.