Romper la rutina

Las rutinas son buenas. Yo tengo varias de ellas y las defenderé a muerte pase lo que pase. Las rutinas nos dan disciplina y además nos simplifican la vida librándonos de tomar decisiones a cada paso y para todas las pequeñas minucias. Liberan nuestro cerebro de muchas cosas insignificantes a las que, sin ellas, deberíamos prestar atención. Dónde comprar el pan, qué hacer con la ropa sucia, cuánto rato cepillarse los dientes y en qué momento…
Para las mentes creativas también son buenas estas rutinas, porque una se puede quedar absorta en su afán creativo y darse cuenta de pronto de que es domingo y no hay nada que comer, o que te cortan la luz por no acordarte de pagar el recibo, o... etc.

Pero también es cierto que rutina es todo lo contrario de creatividad. Si todo son rutinas, se acaba atrapada en este círculo y se acaba por no hacer nada nuevo. Por otro lado, la rutina no inspira y no proporciona alimento a la imaginación.

Muchos hablan de romper la rutina con cosillas tipo acudir al trabajo por un camino distinto. Supongo que a estas alturas no esperáis esto de mí, sabéis que soy más bestia y voy a pedir más (después cada quien elige si hacerlo o no).

Ahí va mi propuesta para romper la rutina: pasar un día entero diferente. No se trata ya de acudir a lugares diferentes, sino comportarse de forma diferente en todo lo que hagáis. Vivir un día entero como si fuerais saltimbanquis (o la profesión que se os ocurra), o cómo si no existiera ni hubiera existido nunca el dinero, o como si no tuvierais que volver a trabajar nunca más, o como si no tuvierais hijos, o como si os apasionara fotografiar acelgas. Escoged algo lejano a vuestra vida real y vivid así un día entero.

Por ejemplo: ¿cómo y qué desayunaría ese saltimbanqui? ¿qué haría después? ¿cómo vestiría? ¿qué lugares frecuentaría? ¿qué noticias o blogs leería? ¿de qué temas hablaría con los demás?

Este ejercicio es de lo más divertido y revitalizante, aparte de inspirador. Que lo disfrutéis.

Miedo al papel en blanco

En esto del miedo al papel en blanco hay mucho mito. El papel en blanco no da miedo, yo cojo paquetes de quinientos folios con las manos, sin guantes ni ninguna otra protección y jamás me ha pasado nada. Si acaso algún cortecito que, según recuerdo, provenía de papeles que no estaban precisamente en blanco.

Así pues, no es al papel en blanco a lo que tenemos miedo, sino a nuestra mente en blanco. Para evitarlo, lo mejor es acudir al papel con una idea en la cabeza, o bien (cuando las ideas escasean) hacerlo sin pretender crear nada interesante ese día.

Un ejemplo claro de esto último es lo que me ocurre con el dibujo, que es donde más resistencias encuentro siempre. 
Cuando estoy muy bloqueada o tengo mucho miedo de que me salga mal (como me viene pasando últimamente), lo primero que hago es cambiar de libreta. En estos casos uso una libreta de papel cuadriculado, porque es ya toda una declaración de intenciones: "me importa un pimiento lo que salga, el dibujo de hoy no lo voy a usar jamás para nada ni lo voy a publicar, de hecho acabará en la basura cuando se acabe la libreta". Incluso hago unos rayajos con el boli en la misma hoja para hacer correr bien la tinta. O rayo media página con tramas cruzadas para calentar la mano y luego, ahí mismo hago el dibujo. Esto me da la libertad de equivocarme y hacerlo todo lo mal que se me ocurra. No hay miedo, ya no tengo que demostrar nada, no estoy dibujando, sólo rayando papel. 
De esas libretas cuadriculadas han salido algunas ideas interesantes que he dibujado bien después y, sobretodo, han servido para seguir practicando, pese al miedo.

Hay que engañar a la mente (al hemisferio izquierdo) para que no nos tenga alejados de aquello que queremos hacer. Y seguir, seguir, seguir. Mal o bien, no importa, sólo importa seguir practicando.


Al fin, los zorks

Ya llegó el momento de conocer los maravillosos usos de nuestro zork.

Primero tengo que agradecer a quienes hayáis participado los buenísimos momentos que me habéis dado estas semanas, así como el tiempo dedicado. Confieso que tenía miedo de que no fuera a participar nadie en la propuesta, pero, por suerte, no ha sido así.

Los trabajos recibidos van en este archivo y han sido recopilados por estricto orden de llegada, salvo los míos que están al final.

Los valientes participantes han sido (también por orden de llegada):
  • Almena (http://cosasnimias.blogspot.com) que nos ha preparado un buen anuncio publicitario de su zork multiusos
  • Dersony (http://dersony.blogspot.com) que nos propone un cuento titulado “Integrado” y un buen cartel para anunciar el zork
  • Luz (http://senderosdeluzz.blogspot.com) con tres cuentos (aunque ha escrito y enviado muchos más, pero me ha prohibido publicarlos): “La avería”, “Bonita amistad” y “El zork de Andrés”
  • Rosana (http://contesbreus.blogspot.com) nos trae un cuento titulado “El zork”, del que me han dado ganas de comprarme uno
  • Mercedes (http://loscuentoscuentosson.blogspot.com) nos envía un “Breve ensayo sobre el zork”, muy interesante
  • Andriu (http://nadapermanece.blogspot.com) con el trabajadísimo cuento “El zork”
  • Y yo misma que aporto el cuento “Una herencia” y el manual de instrucciones correspondiente para hacer un correcto uso del zork.

Y para acabar, deciros que sigo sin tener ni la más remota idea de para qué sirve en realidad el aparatejo, que no recuerdo de qué página lo saqué y que nos vamos a quedar sin saberlo. A falta de respuestas, que cada cual elija el uso que más le guste de todos los propuestos.

Sinceridad

Cuando algo chirría, hay que revisar bien el trabajo y ver de dónde sale esa voz disonante.
Me ha pasado hace poco, con un cuento infantil en el que estaba trabajando. En las revisiones, veía que el texto rodaba solo y una cosa llevaba a la otra, pero al llegar a un determinado párrafo, la cosa chirriaba, una y otra vez, una revisión tras otra, siempre en el mismo punto. Era cómo una de esas bandas que  ponen en las calles para que los conductores reduzcan la velocidad.

Revisada la sintaxis, las palabras una por una... sólo me quedó revisarme a mí. Y ahí estaba el problema: en ese párrafo mentía. Lo había puesto ahí por motivos más ligados al ego y a mis intereses personales que por motivos relacionados con la historia. Y, claro, sobraba.

No conozco otra forma de crear más que con la sinceridad. Nada bueno puede salir de una persona si no trabaja desde la más absoluta sinceridad. La falta de sinceridad se percibe, quienes nos leen/miran/escuchan lo sienten, aunque mucha veces no sepan que se trata de eso.
Recuerdo mis viejos tiempos de teatro (la sinceridad es otras de las grandes cosas que aprendí haciendo teatro), cuando peleaba con un un texto, intentando hacerlo bien, en las clases o en los ensayos, y la respuesta a mis esfuerzos era: "Me estás mintiendo". En aquel caso mentir era interpretar el texto del modo en que creía que debía hacerse, no dejar que pase por mi interior y vuelva a salir cargado de todo lo que yo soy, con mis cualidades y defectos. Entonces tocaba volver a empezar, desde cero. Y nadie me decía cómo tenía que hacerlo para que estuviera bien; claro, nadie sabía, sólo yo podía llegar a sacar mi sinceridad a la luz, sólo yo sabía cuál era mi "cómo".

Ser sinceros no implica hacer creaciones autobiográficas en las que lo contemos todo y reproduzcamos fielmente nuestra vida y realidad. Ser sinceros es poner nuestras emociones ahí tal cual son sin añadirles nada más, sin adornos y sin embellecerlas. Las emociones verdaderas ya tienen toda la belleza que necesitan de por sí.

Cada vez que usamos lo que sabemos que funciona sin ton ni son, cuando omitimos algo por no mostrarnos demasiado, o cuando hacemos las cosas de una manera porque sabemos que así es cómo va a gustar a los demás, estamos mintiendo.

Es preciso detectar estas mentirijillas propias y desmontarlas una a una, aunque esto requiere práctica... y sinceridad.

Desaprender

Tanto el juego de nuestro querido zork como la técnica de las palabras aleatorias se basan en provocar la creatividad desde la novedad y lo inesperado. Se trata de provocar al hemisferio derecho y hacer retirar al izquierdo por un tiempo (lo desconocido siempre atrae a este juguetón y espanta al otro, más lógico y formal), se trata de crear desde lo desconocido. 

Pero también se puede hacer el camino inverso. Aunque lo conocido tiene muchos significados arraigados en nosotros y en nuestra historia de vida, aunque parece que pueda darnos poco margen para jugar e innovar, es un punto de partida tan valido como el otro, incluso para el hemisferio derecho. Para ello sólo tenemos que cumplir un requisito: desaprender. Olvidar todo lo que sabemos sobre la cosa o la situación.

Los payasos (los buenos payasos, no los de circo que dan más pena que risa), a la hora de crear o improvisar, tienen siempre esta premisa, la de desaprender. Si ven salir agua de un grifo y olvidan todo lo que saben de este líquido, interactuarán con él de modo diferente. La olerán o intentarán romper un trocito de esta barra transparente que cuelga del grifo.  Desaprendiendo, los payasos pueden usar un colador de sombrero, servirse la sopa en un zapato... y no quiero ni pensar lo que haría un payaso con un zork.

Otro ejemplo son mis cuentos literales. Cada vez que voy a escribir uno de estos cuentos, tomo la frase hecha y borro de mi cabeza todo lo que sé sobre su significado. Desimagino lo que simboliza y la miro tal cual es. Pronto acude a mi cabeza una imagen y ya tengo de donde partir para trabajar el cuento.

El desaprendizaje requiere práctica. Se tiene que hacer de modo consciente y regular. Al principio parece que no vamos a conseguirlo, pero a medida que vayamos educando a nuestro hemisferio izquierdo para que se esté calladito cuando toca, será más fácil llegar al punto deseado.

Si queréis, podéis empezar a practicar. Con una frase hecha que desaprender, con un objeto cuya utilidad olvidar, con un olor, con un sonido... Encontraros con estas cosas cómo si fuera la primera vez y miradlas con ojos nuevos.