Invitación-encuesta

Hoy quiero haceros una invitación-encuesta-proposiciónindecente.

Este blog ha tenido suerte al ser acogido por personas como vosotros, todos especiales, con mucho que aportar y con ganas de participar. Y me pasa que lo siento cada vez menos mío y cada vez más nuestro. Empiezo a sentir que esta "propiedad" está perjudicando al blog porque vuestras aportaciones no están suficientemente visibles al encontrarse en los comentarios, donde no llega a leer todo nuevo visitante.
También la participación parece más limitada por el formato, puesto que los temas a tratar son siempre los que yo proponga.

Así que ahí va la proposición indecente: que los hagamos nuestro. Se me ocurren varias fórmulas: 
  • que los que lo deseen colaboren con artículos
  • abrir un foro de discusión
  • ambas cosas

Voy a poner una encuesta en el menú lateral para que podáis votar lo que os parezca mejor idea. Por supuesto también en los comentarios de este artículo, aportad las ideas que se os ocurran (ya nos ocuparemos después de la parte técnica).

Bueno, a idear, proponed como queréis que sea este lugar.

El error creativo

Lo que ha pasado en los comentarios del artículo anterior merece su propio artículo. Y no me refiero a la revuelta unánime que ha causado hasta el cambio del titulo del artículo, sino al asunto de la silla creciente.

Luz quería decir "la semilla que irá creciendo", pero al hacer su comentario desde un dispositivo que corrige automáticamente las palabras que no reconoce, en vez de "semilla" salió "silla", con una imagen mucho más potente y sugerente que la de una semilla.
De este error han surgido imágenes (todos las hemos podido ver en nuestras mentes) y además ha surgido un cuento que alguien Rosana me ha enviado (si esa persona quiere decir "he sido yo" que lo haga, yo por ahora guardo la confidencialidad).

En "La gramática de la fantasía", Gianni Rodarí dedica un capitulito a este fenómeno del error creativo. A veces pasa que un error resulta mucho más sugerente y más rico que lo que teníamos pensado y vale la pena incorporarlo a nuestro trabajo. A modo de ejemplo, Rodari nos cuenta como, al parecer, Charles Perrault había ideado que el zapatito de la Cenicienta fuera de piel de marta cebellina ("vair"), pero fue un error lo que lo convirtió en zapatito de cristal ("verre").

Otro ejemplo sería una de mis experiencias más hermosas con niños, hace algunos años. Yo tenía que darles clases de mecanografía, que consistían en escribir una y otra vez la misma palabra, hileras y más hileras con una misma palabra, hasta que los pobrecillos se morían de aburrimiento. Alguno lo pasaba francamente mal, pero sus padres les obligaban. Así que se me ocurrió pedirles que me reportaran todas y cada una de las palabras en las que se equivocaban, tal como las habían tecleado. Yo las apuntaba en la pizarra y, mientras ellos no paraban de teclear, nos inventábamos su significado.
El resultado fue un maravilloso mundo, llamado las Islas Iicas, un mundo que aún recuerdo con claridad a pesar de todos los años transcurridos. Los niños empezaron a imaginar significados relacionados con las Iicas espontáneamente, ya no se salían de esa temática nunca y, a final de curso, teníamos un mundo bien definido en el que todos sabíamos exactamente cómo eran las cosas (hasta el punto de que alguno lloró porque no podía irse de vacaciones a las Islas Iicas).

Así pues, atentos a los errores. Son un tesoro que esconden ideas que nunca se nos hubieran ocurrido de otro modo.


Espantapájaros creativos

Muchas veces me pregunto cómo sería mi vida si hubiera recibido los mismos estímulos para dibujar que para escribir. Desde pequeña, escribir me ha traído aprobación, tanto en la escuela, como en casa, como en las amistades (en las parejas no tanto, lo admito). En cambio con el dibujo ya a los cinco años se me hizo comprender que no era lo mío y así lo creí a pies juntillas por muchas décadas, incluso ahora sigo pensando lo mismo. Ninguna palabra de aliento puede compensar ya la idea tan arraigada que asumí en mis primeros intentos.

Y me pregunto cómo dibujaría ahora de no ser por estos asesinos espantapájaros creativos que, por mi bien, por evitarme fracasos, optaron por alejarme de ese camino. De haber dibujado libre, sin límites, sin juicios ni evaluaciones, de haber dedicado todos estos años a practicar, de no haber prestado atención a las palabras de desaliento, seguramente ahora dibujaría distinto.


Todos tenemos asesinos espantapájaros creativos a nuestro alrededor. Muchas veces estos asesinos espantapájaros son personas que nos quieren. Padres que desean un futuro brillante para nosotros (tal cómo ellos entienden que sería brillante), profesores que sólo ven nuestros fallos, amigos o parejas que no quieren que cambiemos…  Nosotros mismos lo somos cuando damos más valor a las palabras de desaliento que a las que nos animan a seguir.


Toca, pues, dejar de escuchar a estos asesinos espantapájaros. No se trata de creernos genios ni de perder la perspectiva, hay que saber donde estamos, el largo camino que nos queda por delante y confiar en que vamos a ser capaces de realizarlo, con el debido esfuerzo y con la imprescindible diversión. Realmente no son estos asesinos espantapájaros creativos los responsables de nuestras trabas y bloqueos, sino nosotros mismos, al procesar sus palabras de manera equivocada, dándoles una importancia que no tienen para quienes las pronuncian. A nosotros nos va casi la vida en estas creaciones y en las opiniones despertadas, pero no es realista pensar que quienes las critican van a hacerlo con el mismo interés.  Muchas veces, las opiniones más dolorosas son fruto de respuestas precipitadas, nada meditadas. Otras veces son fruto del mal humor de un momento y otras… de no saber decir las cosas de otra manera (o de las frustraciones de cada cual).


Es mejor no esperar que nuestras obras gusten a todos y no esperar los aplausos. Es mejor relativizar las críticas. Ojo, si varias críticas coinciden en un mismo punto de un trabajo en concreto, seguro que algo falla ahí, pero cuando no es así, mejor relativizar y seguir adelante.


La trampa de los materiales

Cuando aprendía a dibujar, pasaba la mitad de los días en tiendas de materiales de dibujo, mirando, rebuscando. Siempre me compraba alguna cosita. Apenas sabía trazar dos rayas, pero gasté un dineral en materiales que apenas he llegado a utilizar después (tardé un año en probar las acuarelas nuevas y, tras probarlas, las abandoné). Con el tiempo descubrí que mis mejores materiales eran los lápices y los bolígrafos, por lo que todo lo gastado no me sirvió de nada.

Tampoco me sirvió para aprender a dibujar mejor. Por mucho que otras personas hicieran maravillas con las crayolas, el simple hecho de tenerlas no hacía que yo pudiera hacer esas mismas maravillas. Lo único que me ayudaba a dibujar mejor era practicar.

Tardé un tiempo en entender que ese salir a comprar materiales casi diario era un modo de evitar ponerme a dibujar. Huía de mis dificultades e intentaba comprar el remedio en una tienda. Tardé en descubrir que lo realmente importante no son los materiales, sino lo que se haga con ellos. Hay gente que hace maravillas con un bolígrafo (aquí tenéis un ejemplo y aquí otro).

Así que ¿qué es lo que realmente hace falta para empezar a crear? Si vas a dibujar o escribir, lo básico es papel y lápiz o boli. Si a tejer, unas agujas y un jersey viejo que deshacer. Si a crear muebles con material reciclado, cola y basurillas. Si lo tuyo es la música, un viejo instrumento. 

No se necesita nada más. Sólo eso y practicar, practicar, practicar.