Autocoaching: entre lo fácil y lo imposible

Muchas veces nos planteamos retos bastante importantes para los que no nos sentimos del todo preparados. Entonces nos rendimos al cabo de muy pocos pasos.

Estuve a punto de rendirme cuando escribía y sobretodo cuando ilustraba Pequeña Nuk. Era mi primera incursión más seria en el género y con el añadido de la ilustración, que no era poco (no confundir dibujar con ilustrar, no tiene nada que ver). Se me hacía un mundo todo lo que quedaba por delante y veía que de verdad iba a ser muy difícil.

Yo no sé qué pasa en nuestra cabeza, pero en cuanto aparece la palabra "difícil" nos desinflamos y toooodo son resistencias a la hora de ponerse a trabajar. Decir/oír/pensar que algo es difícil es el primer paso para darse por vencidos al poco tiempo. Tan sólo aquellos que tienen buenos hábitos de autocoaching superan los desastres provocados por esta palabreja.

Cuando la palabra "difícil" asomó en mi cabeza antes de ponerme siquiera a trabajar en Pequeña Nuk, busqué una manera de anularla. Puse un postit en mi escritorio que decía: "Nadie dijo que iba a ser fácil, pero entre fácil e imposible hay toda una gama de matices". 

De acuerdo, la tarea que nos hemos propuesto no es fácil. Pero ¿acaso nos vamos a dedicar a hacer solamente aquello que nos resulte fácil? ¿no nos vamos a plantear ni un sólo reto en esta vida, no vamos a querer superarnos a nosotros mismos jamás? "Difícil" no es el equivalente de "imposible", así que no hay razón para tomárselo como tal. 

Difícil sólo significa que vamos a tener que dedicar un esfuerzo extra, que vamos a tener que salir de nuestra zona de confort y que nos vamos a equivocar unas cuantas veces antes de acertar. 
Imposible significa que no lo vamos a conseguir nunca, hagamos lo que hagamos. Pero ¿qué es imposible? Hace un tiempo volar era imposible para los humanos. Era imposible escuchar la voz de alguien que estaba en otro continente, etc. Todas esas cosas han demostrado que sólo eran muy dificíles, pero dedicándoles el esfuerzo necesario, dejaron de serlo. Tenemos que admitir que hoy por hoy no sabemos con exactitud qué es lo imposible. 

Así pues, tengamos en cuenta, antes de rendirnos, toda esa gama que hay entre lo fácil y lo imposible. Dibujemos una linea, pongamos en cada extremo uno de estos dos niveles de dificultad y marquemos sobre la linea en qué lugar estaría la tarea que nos hemos propuesto. Así, por ejemplo, siguiendo con el ejemplo de Pequeña Nuk, para mí este reto estaría marcado muy cerca de "fácil", si tenemos en cuenta que construir un avión, o bailar la danza de los cisnes, o escalar el Everest, estarían en la mitad más lejana (aunque no sé en qué punto exactamente, pues nunca he dedicado tiempo y esfuerzo a hacer ninguna de estas cosas). Comparemos el reto propuesto con otras cosas (muy difíciles y menos difíciles) y marquémoslas en esta linea que hemos dibujado.
Hecho esto tendremos una mejor percepción de nuestras posibilidades de éxito. Y con la percepción bien afinada, recuperaremos las fuerzas para retomar la tarea.



La tribu creativa

Recuerdo una chica que tenía que escribir el guión de un cortometraje como trabajo de clase. Estaba bloqueada y la fecha tope para la entrega estaba a la vuelta de la esquina, pero en vez de encerrarse en casa y exprimirse los sesos, decidió apuntarse a un taller de creatividad de cuatro horas. Estuvo participando como la que más y nos divertimos muchísimo con las ideas que iban surgiendo entre todos. 
Media hora antes de acabar, a ella la veía tensa, como si su asiento quemara. Le pregunté qué le pasaba y cuál fue mi sorpresa al averiguar que se le había ocurrido una trama para su guión y estaba impaciente por ir a escribir su trabajo de clase. 
Aclaro que su idea no era ninguna de las que habíamos tenido en grupo, sino que surgió espontáneamente, cuando su hemisferio derecho se sintió libre de decir lo que le diera en gana.

La creatividad es contagiosa. Cuando se está bloqueado/a, nada mejor que alguna sesión creativa en grupo, pues las ideas se alimentan las unas de las otras. Cada palabra dicha es un disparador creativo: A dice una palabra, B la interpreta con su filtro interior y matiza, C comprime todo esto y lo relaciona con una idea anterior... 
En los talleres de creatividad el ritmo es trepidante, muchas ideas se pierden en el aire (valiosas todas ellas) porque de pronto una se ha impuesto sobre las demás y nos abduce. Al final esa idea que nos ha abducido ese vuelve tan creíble, que nadie duda de que sea posible.

Así funciona la tribu creativa.



Jugar

Hay personas que son postergadoras por naturaleza, practican esta filosofía de vida en todo lo que hacen y se escudan en esta forma de ser para justificar sus resitencias.
En cambio hay otras (entre las que me incluyo) que sólo procrastinan con respecto a la creatividad. Yo odio dejar todo para última hora y cuando me lo imponen me cargo de estrés hasta límites insospechados. Pero llegado el momento de escribir u otras tareas creativas, me cuesta horrores autodisciplinarme y trabajar todo lo que quisiera. Si en un momento dado consigo coger el ritmo, la más mínima variación externa puede hacer que lo vuelva a perder por mucho, mucho tiempo. 

¿A qué se debe esto?
Crear, desde la nada, es un esfuerzo enorme. Nos adentramos en un terreno completamente desconocido (cada vez es la primera vez), sin garantía de resultados, sin manual de instrucciones, a ver qué sale y a ver si puedo lograr que salga algo. Esto no le gusta nada a nuestro hemisferio izquierdo, que tanto necesita mantener el control. Nos entretiene con mil excusas, con tareas que puede comprender, con compromisos y obligaciones, con toda clase de artimañas con tal de que no le llevemos ahí, a ese lugar peligroso de lo desconocido.

Otra cosa sería si intentáramos crear algo nada más levantarnos, antes de hacer ninguna otra cosa, ni siquiera tomar café (sí, ya sé que no lo hará nadie, he perdido las esperanzas). En ese momento del día, el lado racional todavía no ha despertado, mantenemos la apertura mental de lo onírico y la mente acepta cosas que una hora más tarde no aceptaría. En mi opinión, es el momento ideal para crear algo nuevo y original (aunque después el hemisferio izquierdo tendría que darle una forma comprensible, como siempre ocurre en el proceso creativo).

Pero, como ya he dicho, he perdido las esperanzas de que nadie lo intente siquiera. Entonces ¿qué hacer? La única alternativa es jugar. Hacer las cosas como si no quisiéramos llegar a ninguna parte, por probar, por divertirnos un rato. Sentarnos a jugar, no a trabajar. Jugando no hay obligación de un producto final, por lo que nuestro lado racional se retira y nos deja en paz. 

En las sesiones del taller de creatividad no hacemos más que jugar. No hay producto final, no tiene que haberlo. Aun así, cada semana termino con una gran cantidad de imágenes mentales nuevas, sorprendentes, todas fértiles (ayer, por cierto, las participantes estuvieron enormes). La mente se abre y todo es posible y plausible y entran ganas de tirar del hilo de cualquiera de estas nuevas historias latentes a ver a donde llevan.

Si tuviera que dar un sólo consejo para activar la creatividad diría: JUEGA.