El diario creativo

Hace años llevaba un cuadernito de lecturas donde apuntaba las cosas que me llamaban la atención de los libros que leía. Rara vez se trataba de citas, más bien tomaba nota sobre cómo los autores lograban determinado efecto con palabras. No lo estudiaba después, ni intentaba realizarlo yo, sólo lo anotaba. Con todo, pasados otros años más, al releer algunos de mis cuentos me sorprendió descubrir en ellos efectos que me habían maravillado de otros autores, sin haberlo pretendido siquiera.

 

Ahora uso un cuaderno (digital) al que llamo "Inspiraciones" donde guardo ilustraciones muy variadas, siempre de otros autores, de las que considero que tengo algo que aprender. Guardo la imagen y al lado anoto aquello que me resulta sorprendente y como lo ha logrado el dibujante, con qué efectos, con qué detalles. De esta manera, no sólo conservo la imagen y la lección que conlleva, sino que también me obligo a examinar la imagen detenidamente para descubrir cual es "el truco". Vamos, lo mismo que hacía en mis lecturas, esta vez aplicado al dibujo (esto se puede hacer en cualquier otra disciplina o aprendizaje).

 

Siempre recomiendo crear un diario creativo de este tipo. Es la mejor manera de aprender, de comprender lo que todavía no se ha alcanzado, de superarse. Tener un archivo así ayuda a fijar las impresiones del momento para que no se las lleve el viento porque pasamos de la simple admiración (en la que quizás nos digamos que no seremos capaces de hacerlo) a un aprendizaje activo, a desmenuzar la obra en tramos comprensibles y, por tanto, alcanzables.

 

Para quienes todavía no se atrevan a empezar a crear, éste es un buen comienzo, no hay riesgo alguno de "hacerlo mal", sólo se trata de tomar apuntes sobre lo que vemos y nos gusta.

 

¿Os apuntáis?

La táctica de los diez minutos

Cuesta. Por un motivo u otro, cuando no se tiene una rutina, el simple hecho de decidir cuando hacer una tarea se convierte en una larga hilera de excusas y aplazamientos mientras la tarea sigue siendo tan sólo una idea en nuestras cabezas. Y cuanto mayor el proyecto, más difícil encontrar el momento de empezar. Pero crear no es tener ideas, sino plasmarlas en algo concreto, por lo que esa idea de por sí no tiene ningún valor.

 

Afortunadamente, hay una táctica que ayuda a empezar, por fuertes que sean las resistencias: la táctica de los diez minutos. Se trata de, en un momento cualquiera del día (o, mejor todavía, un momento despejado) decidir dedicar sólo diez minutos a nuestro proyecto. Si es un dibujo "sólo encuadrar", si es una novela "sólo el esquema" o "sólo éste diálogo". Diez minutos para una tarea muy básica y revisable; una tarea esencial pero sin trascendencia para el resultado final, pues es modificable. Nos proponemos emplear estos diez minutos a fondo y dejar bien atada la minucia en cuestión.

Esto funciona porque transcurridos los diez minutos, habremos alcanzado el nivel de concentración necesario y más de una vez nos sorprenderemos al ver que ya ha transcurrido una hora y hemos avanzado mucho más allá de lo que en principio nos proponíamos.

Así es como se engaña al hemisferio izquierdo. Ah, y sin culpas: él también engaña con sus múltiples excusas para impedirnos trabajar, por lo que estaremos combatiendo con con sus propias armas.

 

En caso de que tras los diez minutos no tengamos nada más que aportar, no pasa nada. Ya hemos adelantado al menos una de las múltiples tareas del proyecto, ya hemos plasmado algo y, por lo tanto, hemos avanzado. Al día siguiente, otros diez minutos.

 

Los tiempos sabáticos

Ya estoy de vuelta tras un verano sabático con muchos planes y pocos adelantos: casi nunca consigo adelantar nada en vacaciones y, aunque gran parte de la culpa es del calor, soy consciente de que tampoco me iría mucho mejor en otra época del año.

 

Los tiempos sabáticos son un mito, una excusa para postergar la actividad creativa hasta el infinito porque hay que ganarse la vida y etc. Un timo, vaya. Un timo que nos hacemos a nosotros mismos (como ocurre con todas las excusas que nos ponemos).

Había una escritora (no recuerdo su nombre) que se las arregló para comprimir su jornada laboral oficial en menos tiempo para así dejar una mañana a la semana libre para la escritura. Como sólo disponía de esa mañana, siempre cumplió su compromiso y le resultó muy productivo. Tiempo después, alentada, decidió tomarse un año sabático para escribir mucho más, pero al cabo de unos meses se dio cuenta de que escribía exactamente lo mismo que antes y, además, en el mismo horario que antes de este año sabático.

 

Y es que el tiempo libre es muy traicionero, se escurre de entre los dedos sin que nos demos cuenta, surgen otras obligaciones ("hija, tú que tienes tiempo, acompaña a Pepito al médico") y también más aplazamientos que nos concedemos nosotros mismos. La abundancia de tiempo hace que no lo valoremos ni aprovechemos como quisieramos. La escasez siempre nos obliga a tomar conciencia de qué hacemos con ese poco tiempo del que disponemos. Saber que si no hacemos hoy determinada tarea, ya no habrá ocasión de hacerla hasta dentro de X tiempo nos empuja a aprovechar el día.

 

Aprovechemos, pues, la escasez. Dejémonos de excusas como los años sabáticos, porque resultan ser menos productivos todavía, a menos que se tenga la misma férrea disciplina que se necesita en los años no sabáticos y puede que hasta algo más.