La energía creativa

Tradicionalmente para mí el mes de noviembre es un mes muy intenso en temas de creatividad. A menos que ocurra algo que me desestabilice, mi productividad se dispara.

Lo mismo me ha ocurrido este año. Como estoy desaparecida del mundo blog, podría parecer que estoy alejada de todo y que ni me acuerdo de qué es eso de la creatividad, pero es justo lo contrario: estoy escribiendo y dibujando tanto, que no me queda tiempo para nada más. No como bien, me acuesto a las tantas y apenas duermo unas cinco horas diarias...

Lo curioso es que pese a este atraco a las necesidades del cuerpo, mis energías van en aumento y mi estado de ánimo es de felicidad total. Se trata de la energía creativa.

 

Crear de la nada requiere de grandes dosis de energía, pero, al contrario de lo que se podría esperar, no nos deja agotados, sino que esa energía invertida vuelve a nosotros multiplicada (adrenalina y creatividad están ligadas).

De ahí que las grandes mentes de la historia trabajaran con tanto ahínco en sus creaciones. La imagen que tenemos de ellos es la de personas obsesionadas con su trabajo, que se olvidan de comer y de descansar, de socializar con sus seres queridos...

La realidad es que ningún cuerpo resiste semejante intensidad por tiempo prolongado, pero hay rachas en las que, efectivamente, el trabajo intenso no hace mella y nos convertimos en seres sobrehumanos, por encima de las necesidades fisiológicas y de cualquier otra cosa. Son estos momentos en los que estamos en la ola.

En esos momentos no sólo producimos más de lo habitual, sino que suele darse también un aprendizaje intenso, a la vez que un salto cualitativo en nuestras obras.

 

Bien, mi racha acabó. Me ha parado un virus que definitivamente viene a salvarme la vida: no suelo refriarme más de una vez al año y esta es la segunda vez, por lo que doy por recibido el mensaje. Mi cuerpo ha dicho basta. Es hora de bajar el ritmo, de seguir trabajando, pero ya respetando alimentación y descansos. Y de interiorizar todo lo aprendido en estas intensas semanas.

Que me quiten lo bailao y hasta el próximo noviembre.

Las correcciones

Una vez pasado el fervor creativo, toca poner a trabajar al hemisferio izquierdo del cerebro. Lo que antes era todo juego y diversión, ahora se convierte en trabajo racional: hay que revisar la obra con ojos fríos (incluso nuevos) y tratar de ver aquello que captarán quienes la vean por primera vez. Aquí es donde el crítico interior tiene su papel estelar y, si habéis conseguido hacer amistad con él, os dará muy buenos consejos.

Lo que ocurre es que, enfrascados como estamos en la obra, se nos escapan cosas, o creemos que se van a entender cuando no es así. Llega un momento, tras haber hecho todo lo que estaba en nuestras manos, en que necesitamos de alguien externo para revisar nuestro trabajo y opinar sobre éste.

No sirve cualquier persona. Hay amigos demasiado indulgentes que todo lo verán bien y hay "amigos" tan críticos que más que ayudarnos se convierten en espantapájaros creativos. Y hay quienes, estando en un término medio, carecen de los conocimientos que nos puedan ayudar.

Yo tengo a mi amigo Jaime. Siempre se divierte con mis cuentos y me hace comentarios halagadores, pero no me pasa ni una, por pequeña que sea, es que ni siquiera unita. Y suele tener razón. Por eso nunca doy por bueno un trabajo de más envergadura hasta que no pasa por lo que yo llamo "la prueba de Jaime" (y él, amablemente, se presta a leerlos todos). He llegado al punto de, mientras estoy corrigiendo, imaginar lo que me dirá sobre este o el otro aspecto... y ya voy arreglándolo yo antes de que me lo diga él.

Sé que yo he tenido suerte, pero intentad rodearos de personas que puedan dar esta última vuelta de tuerca a vuestro trabajo, porque en esos pequeños detalles que se nos escapan es donde un trabajo pasa a otro nivel. La tribu juega aquí un papel fundamental.

(Gracias, Jaime)

 

Cada proyectillo tiene su librillo

Siempre tengo en mente seis o siete proyectos, esperando que llegue el día en que encuentre "el toque" que necesita cada uno. Algunos llevan años en esta espera, pero no son proyectos abandonados, pues siempre estoy a la caza de ideas que les vengan bien. Y cuando llega algo, lo anoto enseguida, en su carpeta correspondiente.

Algo así me pasó ayer. Llegó, no recuerdo de donde, un fragmento para un cuento infantil que tengo pendiente desde hace algún tiempo. Se trata de un cuento que está pensado para lectores primerizos, algo que nunca hasta ahora he hecho, de ahí que el toque sea un poco más difícil de encontrar: en este pequeño fragmento mis frases eran demasiado largas para alguien que está aprendiendo a leer.
Y entonces se me ocurrió la idea: ¿y si escribo el cuento entero con la mano izquierda? Al ser tan torpe mi escritura con la mano no dominante y activar el hemisferio derecho cuyas capacidades verbales son más bien limitadas, no me extendería en las frases ni utilizaría un lenguaje demasiado complejo. Además entraría en el papel de una niña de esta edad, con su torpeza y sus dificultades. Escogí un bolígrafo grueso y el bloc de dibujo para esta tarea.

Funcionó. El cuento ya está escrito, a falta de tal vez algunos pequeños retoques que mi hemisferio izquierdo tendrá la amabilidad de recomendarme cuando llegue el momento. Me costó muchísimo más trabajo redactarlo de lo que me habría costado teclearlo o incluso escribirlo con la mano derecha (la verdad es que a las pocas lineas estaba ya agotada de escribir con esa torpeza), pero a cambio he conseguido "el toque".
No se me ocurriría nunca escribir otro tipo de textos con la mano izquierda, pero he descubierto que para los cuentos pensados para niños muy pequeños, este sistema me funciona muy bien, sobretodo si el cuento está escrito en primera persona. Aún así, no sé si con el próximo funcionará igual.

Cada proyectillo tiene su librillo y hay que experimentar. A veces hay que atreverse a hacer cosas raras como ésta, pero cuanto más experimentemos, más recursos tendremos llegado el caso y más conoceremos nuestros disparadores y procesos creativos.