¿Eres creativo? Entonces ama tu máquina

Mucha gente que conozco dice odiar los ordenadores o, por lo menos, no querer pasar tiempo delante de su ordenador. Muchos artistas y creadores opinan lo mismo y se aferran a sus medios y sus formatos de antaño, algunos por falta de capacidad de adaptación (y me pregunto yo qué creatividad es esta que no se adapta), otros por mantener una pose que les dé un aire diferente y especial. Pero lo cierto es que, si eres creativo, en el campo que sea, tienes que aprender a amar tu máquina.

Cuando yo empecé a escribir la única opción disponible era hacerlo a mano para después, una vez hechas las correcciones, pasarlo a máquina. Tenía una de esas máquinas mecánicas en las que, si te equivocabas en una letra, tenías que arrancar el papel y volver a teclear la página desde un principio, siendo el trabajo de pulsación de las teclas bastante arduo. Con la llegada de la máquina de escribir eléctrica a mi casa, los dedos pudieron relajarse un poco y tenía la grandísima ventaja de que podía corregir los fallos de toda la linea que estuviera escribiendo sin necesidad de desechar la página. Pero seguía haciendo un ruido enorme y muchas veces no podía escribir de madrugada para no despertar a los vecinos. A pesar de poder corregir al instante, cuando descubría una errata que se me hubiera pasado por alto en la páginas anteriores, se me llevaban los mil demonios, porque había que volver a teclear esa página y todas las siguientes: el final de esa página muchas veces ya no encajaba con el principio de la otra. Había que sopesar muy bien si de verdad valía la pena cambiar esta palabra por esta otra, así que muchas correcciones y el pulido se quedaban sin hacer. 

Aquellos tiempos eran tiempos en los que la mayor parte del trabajo que conlleva el proceso de creación se centraba en la parte mecánica, en los instrumentos con los que se realizaba la obra y no en la idea o el estilo. Además, una máquina de escribir podía escribir textos, pero no podía hacer nada más. Y, tras todo este larguísimo proceso mecánico, el escrito se quedaba en un cajón la mayor parte de las veces, porque era complicadísimo conseguir que lo acepte alguna publicación. La parte positiva es que, con tantas dificultades, quedabas curtido en estos asuntos de la perseverancia y la voluntad.

De pronto llegaron los ordenadores. Ya me podía olvidar de los fallos y centrarme en la escritura en sí, corregir, perfeccionar, cambiar de orden los párrafos, crear varias versiones paralelas, pulir... Y también jugar con las fuentes, añadir enlaces, insertar imágenes... De pronto se abrió todo un mundo por explorar, un mundo para el que yo no estaba preparada, porque nunca había hecho más que textos. Pero la misma máquina con la que escribía, el ordenador, podía servirme para hacer todo esto y también podía hacer que las obras salieran del cajón. Con la llegada del ordenador, si tenía claro lo que quería hacer, la máquina me ayudaba a hacerlo. 
Por otro lado, igual que me ayudaba (y ayuda) a mí, el ordenador ayuda a tantos otros. Ahora el peso del trabajo de creación está en generar nuevas ideas, a la vez que aprender nuevos lenguajes y medios para hacerlas llegar, para que tengan suficiente calidad y convertirlas en merecedoras de ocupar un espacio. La máquina me ayuda y al mismo tiempo me reta, es mi ayudante y mi profesor al mismo tiempo.

Si miro hacia atrás el camino recorrido, sé que se lo debo a la máquina y a los retos que me ha ido planteando. Me ha liberado de gran parte del trabajo mecánico, pero a cambio me ha obligado a superar en millones de pasos los límites de mi antigua zona de confort (que ahora se me queda estrechísima) y me ha llevado a un lugar al que no habría llegado sin ella. 

Si eres creativo, no seas ludita. Ama tu máquina, sea cuál sea esta, aprende a manejarla y déjate provocar por los retos que te plantean sus inmensas posibilidades. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada