Minimalismo, simplicidad y creatividad

La semana pasada tuve el honor de figurar en la lista de autores minimalistas de Homo Mínimus. Esto me ha dado la ocasión de caer en la cuenta de que no he escrito aquí ningún artículo que se refiera a este tema, siendo el minimalismo y la simplicidad una de las claves fundamentales de mi forma de vida y de crear. Hoy voy a reparar esta carencia.


Para empezar, tengo que decir que mi estilo de vida es una mezcla (a conveniencia) entre minimalismo y simplicidad. A la hora de trabajar, tanto en las herramientas que empleo como en el estilo, suelo decantarme más por el minimalismo, mientras que en mi día a día prefiero una mezcla bastante equilibrada de ambas formas de entender la vida. Son conceptos hermanos, pero hay algunas diferencias esenciales que se deducen de sus nombres: el minimalismo busca reducir y la simplicidad busca simplificar. Por ejemplo, a mi modo de ver, para un minimalista es preferible tener una sola herramienta que cumpla sus requerimientos (y no dudará en deshacerse de todas las demás para adquirir la que lo reúne todo, sin reparar en gastos), mientras que una persona que practica la simplicidad usará las tres herramientas que ya tiene en vez de adquirir una cuarta que lo haga todo. Bien, pues yo estoy con unos o con otros, según sea más apropiado para cada situación o ámbito de mi vida.

Para explicar la relación entre la creatividad y el minimalismo y la simplicidad, tengo que contar cómo llegué yo a esta forma de vida, así que este va a ser un artículo muy personal. 

Siempre me he sentido extraña a este mundo, al menos a la parte de éste que yo conozco. A los 18 años, en ese momento en el que una decide qué va a hacer con su vida y tiene que tomar un camino, yo seguía sintiéndome extraña y no encajaba en ninguna opción conocida. Entonces me refugié en los bosques, al estilo de Thoreau y ahí me quedé por dos años, el último de ellos sola. No tenía agua corriente, el único aparato eléctrico de mi casa era una bombilla, no tenía teléfono, ni televisión, ni siquiera libros. Estaba sola con el bosque y los animales. Fue el año más feliz de mi vida y sigo considerando ese lugar como mi rincón sagrado en el mundo; a veces, para calmar mi alma, lo sobrevuelo en Google Earth y me quedo contemplando mi bosque desde arriba. 

Cuando dejas a una persona a solas con sus pensamientos por tiempo de un año, es imposible que vuelva a la civilización con las mismas ideas que ésta inculca. Es imposible, ahí, en medio de los bosques, mantener una escala de valores tan artificial como la que se impone aquí, en el asfalto. Todo el mundo debería quedarse a solas con sus pensamientos durante un año, en algún bosque. 
Durante mi tiempo en el bosque disfruté de la libertad de usar la ropa con el único fin de abrigarme, sin importar si combinaban los colores o si las prendas estaban acorde a la moda. Y yo, a mis 18 años, una edad en la que la apariencia y la moda es tan importante, era feliz así. Supongo que ahí empezó todo. No tenía cuarto de baño, ni sofá, ni frigorífico, pero tenía tiempo para pensar. Trabajaba mucho, siempre había mucho que hacer, pero nada me impedía pensar mientras cortaba la leña o cargaba cubos de agua desde el pozo. Cada minuto era un minuto pensado y vivido plenamente.
Y así fue como el tiempo vivido plenamente se convirtió en el bien más valioso para mí. Aprendí muchas otras lecciones importantes en mi bosque, pero darían para escribir un libro entero, así que me limitaré al concepto de tiempo. 

La vida no es más que el tiempo que se nos ha concedido estar aquí. Antes de este tiempo no existíamos, después de este tiempo supongo que tampoco. La vida no es un sofá, ni un coche, es un tiempo. Si viviéramos 100 años exactos, la vida sería 36.500 días de tiempo (si te atreves, calcula cuántos días te quedan de estos poco probables 100 años; si mides tu tiempo en días, tendrás más cuidado con el modo en el que lo empleas).

Tras volver al asfalto, todavía seguí dando tumbos un par de años antes de encontrar mi fórmula y mi sitio: el asfalto no había cambiado, pero yo sí lo había hecho. Había escuchado mi propia voz y me resultaba imposible adaptarme a un modo de vida que se me había revelado absurdo. Pero en todos estos tumbos y desde ese momento en adelante durante toda mi vida hasta hoy, siempre he tomado mis decisiones de manera que pudiera ganar la mayor cantidad posible de tiempo para hacer aquello que le daba sentido a mi vida. La primera decisión fue renunciar voluntariamente a los bienes materiales que no me sirvieran específicamente para lo que quiero hacer en mi vida y renunciar a las apariencias. La segunda, negarme a tener deudas. Esta fue y sigue siendo mi fórmula para liberar tiempo.

Jamás he conseguido que un sofá bonito dé sentido a mi vida. Tampoco lo he conseguido con un coche, nunca he querido tener coche, para mí es un agujero en el que tirar el dinero, que te obliga a conseguir más dinero todavía (a cambio de tiempo) para seguir tirándolo por el agujero. No he querido tener siquiera carné de conducir (y te aseguro que he sido presionada hasta hacerme saltar las lágrimas por este motivo, ya sea por familiares, amigos y hasta personas que a mí plim), porque no quiero pasar mi tiempo en carretera. La moda me importa menos que un pimiento (al pimiento le profeso respeto) y procuro vestir de manera digna, pero lo más simple que puedo, con el menor número de prendas posible. Apenas uso dos o tres colores combinable entre sí, para no tener que calentarme la cabeza con "¿qué me pongo?". Mi casa tiene una superficie reducida y siempre he procurado tener trabajos a tiempo parcial para mantenerme a mí misma. Y todo ello con el fin de liberar tiempo.

Y ahora viene la cuestión: a qué dedicar este tiempo. Teniendo en cuenta de que la mayoría de nosotros no disponemos ni de esos 36.500 días, el primer pensamiento sería que hay que dedicar el máximo tiempo posible al placer: tomar el sol, recibir masajes, fiestas con los amigos, viajes... y que para todo esto necesitas dinero. Y justamente este es el pensamiento que te acaba enredando en la rueda de vender todo tu tiempo para disfrutar de unos pocos días de placer. La búsqueda de este placer y del dolce far niente es lo que nos mantiene atrapados en la vida sin tiempo.

Pero si alguna vez has plantado alubias mientras estabas a solas con tus pensamientos durante un año, ni se te ocurrirá desperdiciar así el tiempo libre del que dispones. Si has plantado alubias con tus manos y has esperado a que crezcan tan altas como tú, sin ninguna distracción, habrás entendido que el placer del cuerpo no es lo máximo que puedes obtener en la vida, que en realidad este placer no vale nada y hasta te podría llegar a cansar si lo tuvieras para siempre. El único placer que perdura es sembrar con tus manos algo que puede llegar a crecer. Puedes sembrar alubias o puedes sembrar ideas, lo que cuenta es que siembres algo que pueda crecer más allá de ti, independientemente de ti, contigo o sin ti.


Cuando te liberas de todas las ideas que se inculcan en el asfalto (o en el campo moderno, tanto da, apenas hay diferencia ya en la era de la información y la educación que proviene del estado), te liberas también de las necesidades materiales absurdas y entonces entiendes que lo único que importa, lo único que te llevas de aquí y lo único que dejas detrás es aquello que has sembrado. Por eso mi vida es simple y minimalista, porque quiero disponer de todo el tiempo posible para sembrar lo que quiero que crezca más allá de mí, independientemente de mí, conmigo o sin mí. 


19 comentarios:

  1. Vaya. Me has dejado sin palabras.

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  2. Gracias, un regalo de lunes inesperado tus palabras.

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    1. Muchas gracias, Landes. Es un lujo nada minimalista que alguien considere tus palabras como un regalo.

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  3. Es un artículo muy personal, y como tal te atrapa; pero hecho en falta, paradójicamente, algo más de "humanidad", pues además de ver crecer las alubias (y las ideas) me gustaría ver crecer, también, las relaciones humanas, y en todo el relato ni se mencionan: ¿acaso son los minimalistas ermitaños?

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    1. Bueno Pedro, en el relato no aparecen las personas porque no había personas, estaba sola. De todos modos, descubrí mucho también sobre las relaciones y qué lugar ocuparían en mi vida, pero este es un artículo que habla de la relación entre el minímalismo y la creatividad. Lamentablemente, o afortunadamente, no cabe en un artículo de poco más de mil palabras todo lo que se aprende en un año en los bosques, así que me he tenido que limitar al tema que nos ocupa e incluso éste tocado solo por encima. Pero hace tiempo que flirteo con la idea de escribir un libro al respecto. Tiempo al tiempo.

      No sé "los minimalistas", pero yo sí, soy casi ermitaña.

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  4. Un artículo muy revelador Anca. En parte estoy de acuerdo contigo, pero en parte estoy de acuerdo con Pedro. Quizá tampoco la respuesta a todo se encuentra en los bosques. Quizá parte de la felicidad está en sembrar, y parte en gozar, y parte en compartir con otros. Quizá cada uno encuentra la felicidad en un lugar, y el mismo lugar para otra persona puede ser un infierno.
    Y por último, de aquí, no te llevas nada, ni lo sembrado ni lo disfrutado ni nada. Te vas como viniste, desnudo y ( al marcharte) en los huesos.
    Me ha gustado mucho leerte y conocer esa historia tuya que no conocía.

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    1. No lo sé Ivan, yo encontré todas las respuestas que buscaba en aquel entonces en ese bosque. Claro que igual que para mí fue revelador, para otra persona puede provocar la locura, todo depende de cómo vas a ese bosque. Si vas con las preguntas formuladas y con la necesidad de que el mundo se detenga para dejarte pensar, sin duda es tu sitio. Si vas con necesidad de gozar y de compartir con otros, más vale que ni te acerques al bosque.

      Un apunte. Sembrar siempre, siempre, siempre tiene que ver con compartir con los demás. Incluso aunque siembre alubias. Ya ni te cuento si tu siembra está relacionada con educar. Pero, como le decía a Pedro, en un artículo no me puedo extender tanto como para abarcar todos los detalles posibles y todos los matices, por eso me tengo que servir de la metáfora de las alubias, porque no tengo otro modo más breve de abarcarlo todo.

      Creo que si te llevas cosas de aquí. En ese último momento de consciencia, si te preguntas "¿qué he hecho?" y ves lo sembrado, te marchas en paz. Y eso es un lujo.
      Gracias.

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  5. Absolutamente fascinante!!! enhorabuena por haberte encontrado tan pronto!! Gracias por tus palabras:)

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    1. Gracias :).
      Tuve suerte de encontrarme con ese lugar en el momento apropiado.
      Gracias a ti.

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  6. Hermoso e Inspirador...Gracias!

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  7. Gracias Anca, valiosísimas tus palabras.
    En mi opinión, tienes unos valores enormes.
    Por otro lado pregunto:¿ tan terrible parece no ser Roberto Carlos teniendo 1 millón de amigos ?
    Creo que es infantil no reconocer las virtudes de la soledad, pero mucho más aún no validar a alguien que sí las disfruta.
    Me encantaría saber si tienes un sitio para leer un poco más de lo que escribes, pues tu experiencia me transmite sabiduría.

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    1. Disculpa, creí que estaba leyendo en Homo mínimus. Sin saberlo ya estaba leyéndote !!!

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    2. Jajaja, me ha hecho gracia lo del millón de amigos. Noooooo!!! Me moriría!

      Creo que a la gente le asusta la soledad, siempre se ha hablado de manera peyorativa sobre esta y se suele asociar a personas malas (o feas!!!) a las que nadie quiere (¿es que para querese hay que estar sieeeeempre pegaditos?). Si a esto le unes que en los primeros tiempos de soledad vas a tener que escucharte decir cosas que no te gustan y vas a tener "el mono", el resultado es que las personas le tienen horror. Y cuando una persona no tiene valor de afrontar algo, prefiere descalificarlo para no tener que cuestionarse a sí mismo.

      En todo caso, quien disfruta de la soledad, pasada cierta edad ya no da importancia a estas descalificaciones. ¿Qué más da lo que otros piensen? Si por lo menos lo pensaran profundamente, pero para un pensamiento fugaz que deriva en incontinencia opinatoria, no vas a dirigir tu vida en función de eso.

      Muchas gracias por tus palabras. Si te interesa esta filosofía de vida, está escrita, en gran parte, en forma de fábula en http://aminuscula.ancabalaj.com (un blog que debería retomar, por cierto, porque lo añoro).

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  8. Chapeau. Después de casi un año viajando por Asia después de dejar el trabajo he terminado gastando mis ahorros a un ritmo mucho más calmado en un huertecito perdido por Polonia, planto lo que quiero comer y como lo que crece. Sin más. ¿Que podría usarlo para seguir viajando? Sí, pero hay algo que atrapa entre tanta simplicidad. Lástima que el asfalto enganche y que suela saltar a morder cuando más despistado me encuentra. Enhorabuena por esas verdades que has dejado crecer :)

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    1. Bravo también por ti, parar es una decisión que muy pocas personas toman, la posibilidad de viajar es mucho más llamativo que plantar hortaluzas en Polonia. Yo en cambio siento bastante envidia :)

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