Cuatro enseñanzas de cuatro disciplinas artísticas

A lo largo de los años he tenido la suerte de hacer mis pinitos en diversas disciplinas artísticas y ahora, visto en perspectiva, de cada una de ellas me he llevado alguna enseñanza sin la cual hoy no sería quien soy. No sé si el orden alteró el producto, no sé si habría sido todo distinto de haberlas abordado en momentos distintos a los que las abordé, así que voy a mantener en este artículo el mismo orden por el que llegaron a mí, para conservar su esencia.



La danza: la perseverancia


Mi primera incursión en el arte y su disciplina vino de la mano de la danza. Es razonable, puesto que yo siempre quise ser bailarina de ballet clásico, solo la oposición familiar me impidió practicarla en mi infancia. Finalmente, siendo ya mayor de edad, empecé a tomar mis clases de danza, aunque sabía que era tarde para optar al mundo profesional. En pocos meses tomaba entre 12 y 15 horas de clase semanales, la mayoría de ellas cortesía de mi profesora que creía en mí.
De la danza aprendí a volver al día siguiente aunque duela. La danza es una disciplina muy dura, es físicamente dolorosa por muchas aptitudes que se tengan. Yo recuerdo el miedo que sentía cada vez que iba a clase. Para hacerlo más sacrificado todavía, en la danza no hay un compañerismo como en el teatro y, desde luego, no hay diversión: de cada hora y media de clase apenas bailábamos los últimos 15 minutos, todo lo demás eran ejercicios de barra. Decir barra es lo mismo que decir dolor, por llevar las articulaciones a abrirse hasta sus límites y más allá, aunque una ya sea flexible por naturaleza. El dolor estaba tan asimilado que, cuando tuve un esguince, continué con mis clases, sin saltarme ni una, sin estar exenta de ningún ejercicio o cabriola, pese al dolor.
Pienso que fue esencial esta enseñanza en el principio de mi viaje, puede que sin la danza no habría resistido la frustración que conlleva cualquier proceso ya sea de aprendizaje o creativo.




El teatro: la sinceridad


Mucha gente piensa que los actores son buenos mentirosos, pero lo que yo aprendí en mis años teatreros es a decir la verdad. Los malos actores mienten, los buenos dicen la verdad y son sinceros en sus interpretaciones. Esto no significa que tengas que interpretar siempre un mismo personaje, a ti mismo, sino que cuando empiezas a construir tu personaje, sea quien sea, aunque sea Hitler, tienes que buscar ese lugar en ti en el que tú también harías lo mismo que éste. No puedes juzgar ni falsear, no puedes hacer ver tal o cual emoción, tienes que buscar en ti hasta que encuentras esa misma emoción, en tu propio repertorio.
La creatividad necesita sinceridad. Para tocar almas tienes que hablar con tu propia alma, las mentiras no llegan ni transforman, como mucho entretienen, pero se olvidan en cuanto surge un entretenimiento mejor. El teatro me ha enseñado a rebuscar dentro de mi sinceridad.




La escritura: la sencillez


El lenguaje es una de las habilidades humanas que más se prestan a ser falseadas. Aunque se cuente una verdad, nos vemos tentados a contarla de manera fastuosa, adornada con mil artificios supuestamente estilísticos, con palabras complicadas que erróneamente creemos que nos van a dar más estatus, o más credibilidad... en definitiva, más importancia. Y es cierto que muchos lectores quedan engañados: cuando ven un texto complejo del que no entienden ni una palabra, quedan fascinados, creyéndose los únicos incapaces de entender ese texto y callándose como en el cuento del traje del emperador. Pero lo cierto es que las palabras complicadas solo esconden inseguridad de quien escribe: si nadie te entiende del todo, nadie podrá decir que te equivocas, del mismo modo que al emperador nadie le decía que estaba desnudo. 
La sencillez, entendida como la ausencia de artificios pomposos, es la parte más complicada de cualquier disciplina artística. Si quieres reconocer a los maestros, observa su estilo: a más sencillez, mayor maestría.




El dibujo: el detalle


El dibujo fue (y es) mi maestro más generoso. Puede que esto se deba al hecho de haberlo encontrado ya en la madurez, con una mentalidad más dada a la reflexión, o puede que se deba a que sus lecciones son literalmente negro sobre blanco, pudiendo observar los defectos  con un simple golpe de vista. Son variadas las lecciones que he recibido del dibujo, pero si tengo que quedarme solo con una, me quedo con el trato a los detalles.
Durante mucho tiempo estuve examinando ilustraciones y dibujos, comparándolos con los míos, sin saber por qué los míos eran tan sosos y... mediocres (o malísimos). Hasta que un día entendí que la diferencia estaba en los detalles. Yo apenas me las arreglaba con las formas esenciales que quería representar, ya no tenía fuerzas para enfrentarme también a los detalles. Pero descubrí que lo que da personalidad a un dibujo son los detalles, son éstos los que van a inclinar las sensaciones que transmite un dibujo hacia un lado o hacía el otro. Podría decirse que el espíritu de un dibujo reside en sus detalles. Y lo mismo podría decirse de cualquier obra, sea de la clase que sea.


Estas son las cuatro lecciones básicas que he aprendido hasta ahora. Por supuesto, hay algunas más, pero ninguna tan relevante como las expuestas aquí. ¿Cuáles son tus lecciones aprendidas?

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